Si a alguien interesa mi opinión de simple humano diré, redondamente, que los artrópodos son un error de la evolución. Sólo su escaso tamaño, excluídas algunas arañas nada pequeñas, me permite mitigar la generalizada repulsión y fobia. Nunca me resultaron simpáticos los bichos y, madre Natura me disculpe, no encuentro en su aspecto belleza ninguna. Si esto no alcanzara para fundamentar mi caso, agregaré: casi todos los bichos pican. Y la picadura duele.
Pero: ¿cuánto duele una picadura?
Por fortuna, para responderlo está Justin Schmidt. Mr. Schmidt, un arriesgado héroe de nuestro tiempo, compuso un índice de dolor de picaduras, una especie de Richter consagrado a los insectos, y lo llamó con inobjetable lógica "Schmidt sting pain index". Hasta aquí, nada llamativo. Pero cuando se toma nota del método empleado para establecer la escala se calibra la magnitud del logro: el susodicho Schmidt se dejó picar por diversos insectos para comparar, en carne propia, los distintos grados de dolor experimentados.
Así sabemos, por ejemplo, que al inicio de la escala está la abejita común ("sweat bee"), que causa un dolor leve, luego la hormiga de fuego, y así hasta llegar a la "hormiga bala" o paraponera clavata.
En palabras del protagonista, esta bestezuela produce un dolor puro, intenso, brillante. Como caminar sobre brasa ardiente con un clavo oxidado de tres pulgadas incrustado en el talón (la buena noticia es que dura no más de veinticuatro horas).
Actitudes como la de Mr. Schmidt refuerzan mi fe en la humanidad toda.


