Lo que el hombre expresó aquí, sin embargo, es bastante común y tiene un nombre, es un ejemplo más de lo que alquien, hace tiempo, bautizó como reductio ad hitlerium, es decir, las analogías de cualquier cosa o persona con el nazismo o los nazis.
(Una derivación de esta idea, restringida al campo virtual, es la llamada ley de Godwin, que estipula que a medida que cualquier discusión en internet se prolonga, la probabilidad de que se acabe comparando al adversario con el nazismo o con Hitler tiende a 1.)
Y está muy claro que, más allá de las reales intenciones, la falacia de parangonar - o incluso mezclar en el mismo contexto - cualquier actitud, persona o sistema con semejante abismo moral de la historia, más que a la denigración del adversario contribuye a la banalización de aquel horror.
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Otra cuestión, una vez que uno ya dijo o hizo una estupidez, es reconocer el error y pedir las disculpas del caso. Tan sencillo. ¿Quién hace eso todavía?
El ministro muy amado, por ejemplo, no lo consideró necesario en este caso y se limitó a calificar sus dichos apenas como una metáfora poco afortunada. En fin, que un poquito de cuidado a la hora de elegir metáforas y esto ha sido todo. De disculpas ni se hable.
Pero no es el único, por supuesto, que pasa completamente por alto los propios fallos. Es más bien la norma imperante.
Hace unos días escuchaba que le preguntaban a un famoso ex-entrenador de fútbol si consideraba haber cometido errores en su muy extensa carrera. Al responder, en un rapto de conmovedora autocrítica, admitió que sí, que hubo uno, que una vez convocó al seleccionado a un jugador que debía presentarse dos días después a un partido importante con su equipo, que esa información se filtró a la prensa, se armó un pequeño revuelo, pero él rápidamente revisó su decisión y todo quedó arreglado en un par de horas. O sea, una real pavada. Hasta yo podría haber contestado por él: por ejemplo, mencionar cuando él mismo, médico además de entrenador, le dió a un integrante de un seleccionado rival un bidón con supuesta bebida hidratante, bebida que descompuso al pobre tipo instantáneamente y obligó a su reemplazo.
¿Qué error hubiese hipotéticamente admitido, digamos, un Stalin? ¿Tal vez las purgas brutales? Aventuro que no, probablemente concediera haber descuidado alguna vez a sus mascotas, si las tenía. (Igual, nadie debe haberse animado a preguntárselo.)
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Mucho mejor que yo aborda esta resistencia al arrepentimiento el admirable escritor Javier Marías.
... Pero su comentario coincide absolutamente con algo que vengo observando y que ya he señalado aquí, de pasada. Huelga decir que, al no ser yo creyente, ni me confieso ni me parece extraño que no lo haga la gente en general. Sí me lo parece más que se abstengan quienes se declaran católicos, y en todo caso me llama la atención desde hace tiempo el enorme desprestigio de que goza el arrepentimiento, más allá de su dimensión religiosa, a la que en modo alguno se limita el concepto. Si ustedes hacen memoria, habrán leído u oído numerosas entrevistas con personajes públicos en las que, antes o después –la pregunta debe de ser recurrente por parte de los periodistas–, manifiestan con invariable brutalidad (ya se trate de políticos, actores, escritores, cantantes o banqueros): “No me arrepiento de nada. Cuanto he hecho lo volvería a hacer. No tengo nada que lamentar”. Siempre me quedo perplejo, pese a la reiteración. ¿Nadie se arrepiente de nada, cuando esa es una de nuestras más frecuentes reacciones, al menos en nuestro fuero interno? No sé, son tantas las veces en que uno lamenta haber hecho o no hecho una cosa, haber dicho unas palabras que han herido o que sólo han traído resquemor, haber o no tomado tal o cual decisión, haber descartado esto o aquello, no haberse atrevido a dar un paso, haberse o no casado con tal persona, haber perdido una amistad, no haber estado más atento a quien ya murió o no haber hablado más con él …
(La nota completa, en su blog).