domingo, 11 de septiembre de 2011

Curiosidades

En la reunión de antiguos compañeros de colegio se habla también, cómo no, de las ausencias forzadas. En el recuento concluimos que, del grupo original de más de treinta, son ya tres los que han dejado este mundo. Hasta ahí nada de qué sorprenderse, la vida tiene esas cosas, somos bichos mortales. Ahora lo curioso: el apellido del primero en partir comienza con A. El del segundo, con B. Y el del tercero... sí, con C. Riguroso orden de lista, pura obra del azar. En este punto, el humor negro de los presentes se exacerba. Aunque la risa del único de nosotros con inicial D. pueda parecer un tanto nerviosa.

*** 
Para lucirse en las reuniones:
floccinaucinihilipilification

Palabra inventada, se dice, en el siglo XVIII por alumnos de Eton,  pasa por ser la voz no técnica más larga del idioma inglés y significa: estimar que algo carece de valor

domingo, 21 de agosto de 2011

Canción de la infancia

Busco el poema de Peter Handke sobre el ser niño y evoco a S., el viejo profesor que tenía una academia de idiomas en Callao y Corrientes, un primer piso antiguo en la esquina que entonces ocupaba una tradicional cervecería, hoy pizzería-café. Entrar a la recepción era, antes de verla, oler la presencia de Kleff, un perro ovejero de lento andar, que ocasionalmente interrumpía su indiferencia con un potente ladrido de fastidio. 

S., alemán casado con francesa, inmigrante en los años veinte - según decía, había huido de su pueblo por un asunto de polleras -  lucía una formalidad algo ajada: un saco gris raido, una camisa blanca con el cuello desprolijo y una corbata oscura. Era un tipo noble, y nuestra inicialmente acotada relación maestro - alumno devino en amistad e interminables charlas sobre la vida y el mundo. 

Con él leíamos algunos textos clásicos de su lengua, admiraba a Goethe, a Schiller y a Heine, se sentía paisano de Hesse (habían nacido en la misma región), valoraba la solidez de Thomas Mann, mientras que Kafka lo intranquilizaba. Cierto día me aparecí con un relato del austriaco Handke, a quien yo apenas conocía, y todavía se me representa su ceño fruncido ante lo que consideraba un estilo detestablemente provocador y demasiado moderno. 

S. no llegó a conocer este poema que transcribo, quizá le hubiese hecho cambiar su veredicto. 

(O tampoco.)

* * *

Canción de la infancia -  Peter Handke (*)

Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando
pretendía que el arroyo fuese un río
el río un torrente
y esta charca el mar.

Cuando el niño era niño
no sabía que era niño
todo le parecía provisto de alma
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño
sobre nada tenía una opinión
no tenía ningún hábito
a menudo se sentaba en cuclillas
salía corriendo
tenía un remolino en el pelo
y no ponía un gesto para ser fotografiado.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de las siguientes preguntas:
¿Por qué yo soy yo y por qué no vos?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo comenzó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿No es la vida bajo el sol acaso simplemente un sueño?
¿No es esto que veo y oigo y huelo 
acaso sólo la apariencia de un mundo delante del mundo?
¿Existe realmente el mal y gente
que verdaderamente son los malos?
¿Cómo puede ser que yo, que soy,
no exitiese antes de llegar a ser
y que algún día yo, que soy,
no sea más el que soy?

Cuando el niño era niño
le asqueaban la espinaca, las arvejas, el arroz con leche
y el coliflor al vapor
y ahora come todo eso y no sólo por necesidad.

Cuando el niño era niño
se despertó una vez en cama extraña
y ahora a cada rato,
muchas personas le parecían hermosas
y ahora sólo unas pocas, con suerte,
se imaginaba claramente el paraíso
y ahora apenas puede sospecharlo,
no podía pensar nada de la Nada,
y ahora le da escalofríos.

Cuando el niño era niño
jugaba con entusiasmo
y ahora, tan concentrado en la cosa como antes, solamente
si esa cosa es su trabajo.

Cuando el niño era niño
le bastaban para alimentarse manzanas, pan,
y así es hoy todavía.

Cuando el niño era niño
las frutillas le caían en las manos cómo sólo hacen las frutillas
y así es hoy todavía,
ls nueces frescas le ponían la lengua áspera
y así es hoy todavía,
ante cada montaña
tenía siempre el anhelo de una montaña más alta,
y en cada ciudad
el anhelo de una ciudad aun más grande,
y así es hoy todavía,
alcanzaba las cerezas de la copa de un árbol con una excitación
que siente hoy todavía.

Era tímido ante los extraños
y lo es hoy todavía,
aguardaba expectante la primera nevada,
y así la espera hoy todavía.

Cuando el niño era niño,
arrojó un palo como lanza contra un árbol,
y ella tiembla ahí hoy todavía.

(*) Este poema abre el film "Las Alas del Deseo", de Wim Wenders.

domingo, 31 de julio de 2011

Desconfiando

Como quedé con A. en visitarla a la hora del té y estoy llegando antes de lo previsto, bajo del subte una estación antes, Acoyte, y camino por Rivadavia hacia Primera Junta. Esa parte del  barrio donde viví hasta mis veintipico ha cambiado bastante desde entonces, de los antiguos locales comerciales apenas reconozco un par, y entre ellos no está el que más me importaba cuando era un chico, "1810", la maravillosa juguetería. 

Cada vez que visito a A. le llevo palmeritas de "Castell's". Casi nunca fallo en pasarme de largo una cuadra, experimentar sorpresa de que la confitería no esté donde la ubicaba mi memoria, y tener que desandar el camino. Pero hoy la sorpresa es por decepción, la confitería está cerrada, y al preguntar en el negocio de al lado me confirman que el cierre es definitivo. La alternativa más cercana es "El Greco", también con larguísima historia. 

El amplio local de "El Greco" se me ha aparecido más de una vez en sueños, y por una razón específica: cierta vez fueron a remate las existencias del salón de fiestas, entre ellas dos pianos de cola. No eran instrumentos de la mejor marca (uno seguro era francés, Pleyel, el otro no recuerdo) pero aun así eran una especie de objeto de deseo para mí. No asistí luego al remate; sin embargo, el recuerdo soñado de esos pianos en el salón vacío me continuó visitando durante años, y en ese recuerdo los pianos eran míos, sin sombra de duda. 

***

Mi hermano también recuerda que una vez, siendo él muy pequeño, entró en el jardín del abuelo y arrancó todas las cebollas. El abuelo le propinó tal tunda que mi hermano aullaba y luego se puso blanco, lo que era muy raro en él, se lo confesó todo a nuestra madre y juró que nunca volvería a levantar la mano contra un niño. En realidad, mi hermano no recuerda nada de esto: ni las cebollas ni la zurra. Se limitaba a repetir la historia que nuestra madre le había contado muchas veces. Y, en efecto, si la recordara, más le valdría ser cauteloso. Como filósofo, cree que los recuerdos son con frecuencia falsos, "hasta el punto de que, de acuerdo con el principio cartesiano de la manzana podrida, no hay que fiarse de nada que no tenga algún apoyo externo." Como yo soy más confiado, o me engaño más, continuaré con mis recuerdos como si fueran verdaderos.

"Nada que temer" - Julian Barnes

viernes, 22 de julio de 2011

Falible, transitorio, transitivo

Una letra, una canción,
        que canta el corazón 
                eglógico y sencillo 
                        de quien, esta mañana,
                                se ha despertado grillo.



"Vivo"

Precario, provisorio, perecible,
Falible, transitorio, transitivo,
Efímero, fugaz y pasajero,
He aquí un vivo,
He aquí un vivo.

Impuro, imperfecto, impermanente,
Incierto, incompleto, inconstante,
Inestable, variable, emotivo,
He aquí un vivo,
He aquí...

Y a pesar:
Del tráfico, del trajín equívoco,
Del tóxico, del tránsito nocivo,
De la droga, del indigesto digestivo,
Del cáncer vil, del siervo y del servil,
De la mente, el mal doliente colectivo,
De la sangre, el mal del seropositivo,
Y a pesar de ésas y otras,
El vivo afirma, firme, afirmativo:
Lo que más vale la pena es estar vivo
Es estar vivo,
Vivo,
Es estar vivo.

No hecho, no perfecto, no completo,
No satisfecho nunca, no contento,
No acabado, no definitivo,
He aquí un vivo,
Heme aquí.

(Lenine y Fiorella Mannoia)

sábado, 9 de julio de 2011

Cuando descubrió la inmovilidad

I.

Cuando piensa en aquella casa, la primera, se le aparece ante todo su abuelo y luego un cuadro en la sala de estar.

El abuelo solía sentarse por las tardes en un sillón de esa sala, justo debajo del cuadro, y se entretenía mirando a través de la ventana la vida en la calle. El cuadro mostraba a un hombre sentado y expectante, una coincidencia que a él le había hecho suponer que el hombre del cuadro era su abuelo, aunque no se pareciesen mucho (tampoco había escuchado aún hablar de Modigliani).

En las conversaciones de los adultos había anotado mentalmente la compleja palabra arteriosclerosis, que él repetía sin entender, al parecer era una enfermedad que su abuelo tenía y, por lo que recuerda, con esa justificación o alguna parecida su madre le pedía que no se subiese a las piernas del anciano para jugar al jinete y al caballo, aunque su abuelo siempre acabara consintiéndolo.

En su memoria queda una foto que perdió hace tiempo, ellos dos sentados en el umbral de la puerta de entrada, ambos con una sonrisa.


***

Una tarde, mientras jugaba, resbaló y cayó por las escaleras. Cayó sentado, sin golpes que justificasen llanto. Uno de sus primos, que vio la escena, le preguntó si estaba bien, pero él no respondió. Salió el otro corriendo a dar su escueta versión de los hechos ("¡se cayó por la escalera y no habla!") y cundió la alarma entre los adultos, que acudieron imaginando algo grave.

Si bien era cierto que no había contestado, la única razón fue no tener ganas de hablar, a veces le pasaba: estaba demasiado cómodo allí en el descanso, contemplando inmóvil la escena, encapsulado en su silencio, mientras sentía un secreto regocijo al ver cómo los demás se agitaban por su causa. No tenía la impresión de ser actor sino sólo espectador, un espectador incluso invisible para los demás, y en su criterio daba más o menos lo mismo si participaba o no en la comedia.

Con los años, esa sensación se le volvería familiar.


II.

Distanciamiento

En los árboles ya no puedo ver árboles.
Las ramas no tienen las hojas que ofrecen al viento.
Los frutos son dulces, pero sin amor.
Ni siquiera sacian.
¿Qué pasará ahora?
Ante mis ojos huye el bosque,
ante mi oído los pájaros cierran la boca,
para mí ninguna pradera será cama.
Estoy harta del tiempo
y tengo anhelo de él.
¿Qué pasará ahora?

En las montañas arderán de noche los fuegos.
¿Debo ponerme en marcha, acercarme a todos de nuevo?

En ningún camino puedo ya ver un camino.

Ingeborg Bachmann (1926-1973)

martes, 5 de julio de 2011

À la recherche des mots perdus

Pánfilo, gaznápiro, escorcha, pastenaca: con aquellas voces que solían decirlas también se apagaron las palabras.

domingo, 26 de junio de 2011

Miramientos

Muchos hablamos con aquellos animales que más se nos acercan en la escala evolutiva, sabiéndolos dotados de un cerebro parecido al nuestro: caballos, perros, gatos, con buena voluntad podemos incluir en nuestro auditorio también pájaros o tortugas. Los llamamos por nombres propios, les damos consignas, les expresamos afecto y hasta llegamos a contarles cosas, como lo haríamos con un humano. Suponemos que son capaces de comprendernos y seguramente no nos equivocamos. Sin embargo, nuestra fe en la eficacia de la comunicación tiene un límite de clase y tamaño, son numerosas las especies vivas con las que no perdemos tiempo y pasamos a la acción directa: si la araña, la hormiga o el mosquito nos molestan, va veneno o zapatazo. 

Otro es el proceder de los budistas, consecuentes hasta el extremo con su respeto a todo ser vivo. Por ejemplo, pueden llegar a escribir una seria advertencia dirigida a los insectos, y confiar en que la correcta lectura que ellos hagan del mensaje les permitirá poner a salvo sus preciosas vidas.


(Si, por remoto azar, los bichitos anduviesen flojos en la comprensión de textos en chino o inglés, eso ya no sería culpa de los benevolentes monjes, que en ese caso les desean un feliz renacimiento).
Free counter and web stats