"Soy tan constante como la estrella polar", puso Shakespeare en boca de Julio César y la misma frase cantó luego en una hermosa canción de amor (A Case of You) Roberta, alias Joni Mitchell.
Pero ¿a qué podemos llamar constante, a fin de cuentas?
Constancia, hermoso y desusado nombre de mujer (su forma masculina no me suena tan agradable), expresión de una admirada virtud, virtud que admiro justamente por no tener. Nada hay constante en nuestra vida, a lo largo del tiempo que nos toca se va modificando todo; ni siquiera nuestros amores, ésos que al principio soñábamos eternos, acaban siéndolo la mayoría de las veces.
Quedaba todavía para algunos el pobre consuelo de confiar en la naturaleza inmutable de las leyes que rigen el cosmos: si la ciencia no nos engañaba, a ciertas magnitudes podíamos tildarlas de constantes universales, de invariantes en todo lugar. Dios no juega a los dados, fue una famosa frase de Einstein. Pues ahora resulta que tampoco es ésa tierra firme donde echar el ancla de nuestra inquietud.
Para desmentir póstumamente a don Albert, mediciones muy recientes parecen indicar que el valor de las constantes físicas varía según la ubicación en el universo. Y por si fuese poco, el mismísimo universo no tiene un centro quieto, estaría acelerado en una dirección lineal, digamos de izquierda a derecha: el enorme conjunto se escapa decidido hacia un punto remoto.
Esa inmensidad que creíamos el todo puede resultar siendo sólo una parte de algo mayor (si es que eso cabe en la cabeza de alguien: no en la mía, por cierto).
Durante una clase de filosofía, en el colegio secundario, juro que una vez sucedió que los conceptos de espacio y tiempo se me presentaron sin resto de secretos ante mi entendimiento. Fueron tal vez sólo unos segundos de éxtasis indescriptible, en los que realmente creí haber resuelto la cuestión, de una vez y para siempre. Para siempre.
(Desde entonces no he hecho más que retroceder. Mi incapacidad de entender: esa sí podría llamarse constante.)
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Asombra enterarse de que Javier Marías, escritor largamente consagrado, con cuarenta años de oficio sobre los hombros, al terminar una nueva novela sienta necesaria la opinión ajena sobre la calidad de lo escrito porque duda honestamente que merezca ser publicada.
(Sospecho que tal interrogante jamás se le ocurriría a, por ejemplo, un Coelho. Y debería...)
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Nombré antes a Joni, y la traigo aquí como autora, permitiendo que con su genio se luzcan otras dos damas: la gran Dianne Reeves y (para mí hasta hoy una desconocida) Caecilie Norby. Versión de género difícil de encasillar, con un arreglo vocal e instrumental de timbres muy sutiles.
Para disfrutarla de los dos lados.