Conozco a alguien que lee incansablemente novelas y tiene la extraña costumbre - extraña al menos para mí - de comenzar cada libro echando una mirada a la última página. Tan fuerte es su curiosidad por saber cómo acabará.
Yo no podría imaginarme haciendo eso jamás, siento que se rompería algo sagrado: el misterio. Seré quizá lector poco exigente - o algo infantil - pero mi interés depende demasiado de la sorpresa, del eventual suspenso. Más simplemente, de lo que no conozco.
Son esas mismas razones las que me han llevado, con muy pocas excepciones, a no releer novelas, no importa cuánto me hayan gustado. En eso soy lo opuesto, por ejemplo, de cierta amiga que vuelve periódicamente a sumergirse en "Los Galgos", libro que conoce casi de memoria.
Contra este deseo de imprevisibilidad obra sutilmente una característica propia del libro tradicional: a medida que avanzamos y vemos decrecer la altura de hojas que nos separa de la contratapa, se nos va haciendo cada vez más concreta una sensación (sensación física, ajena a la dinámica del mundo de ficción en el que estemos metidos) de que el final del viaje está próximo. Y esa sobria constatación nos contamina, desde afuera, el placer de la lectura.
El libro electrónico puede evitarnos esta pequeña infelicidad, pero a cambio nos exige otros renunciamientos mayores. Otra forma, sencilla y antiquísima, tal vez sea la mejor de todas: hacer que alguien lea para nosotros. Como cuando éramos chicos.
II.
A través de los libros de mi padre aprendía a conocer a los adultos por dentro. No eran los gigantes que pretendían creerse. Eran niños deformados por un cuerpo voluminoso. Eran vulnerables, criminales, patéticos y previsibles. Podía anticipar sus gestos; a los diez años era un mecánico del artefacto adulto. Sabía desmontarlo y volver a montarlo.
("Los peces no cierran los ojos" - Erri De Luca)
