domingo, 1 de julio de 2012

Como cuando éramos chicos

I.

Conozco a alguien que lee incansablemente novelas y tiene la extraña costumbre - extraña al menos para mí - de comenzar cada libro echando una mirada a la última página. Tan fuerte es su curiosidad por saber cómo acabará. 

Yo no podría imaginarme haciendo eso jamás, siento que se rompería algo sagrado: el misterio. Seré quizá lector poco exigente - o algo infantil - pero mi interés depende demasiado de la sorpresa, del eventual suspenso. Más simplemente, de lo que no conozco.  

Son esas mismas razones las que me han llevado, con muy pocas excepciones, a no releer novelas, no importa cuánto me hayan gustado. En eso soy lo opuesto, por ejemplo, de cierta amiga que vuelve periódicamente a sumergirse en "Los Galgos", libro que conoce casi de memoria. 

Contra este deseo de imprevisibilidad  obra sutilmente una característica propia del libro tradicional: a medida que avanzamos y vemos decrecer la altura de hojas que nos separa de la contratapa, se nos va haciendo cada vez más concreta una sensación (sensación física, ajena a la dinámica del mundo de ficción en el que estemos metidos) de que el final del viaje está próximo. Y esa sobria constatación nos contamina, desde afuera, el placer de la lectura. 

El libro electrónico puede evitarnos esta pequeña infelicidad, pero a cambio nos exige otros renunciamientos mayores. Otra forma, sencilla y antiquísima, tal vez sea la mejor de todas: hacer que alguien lea para nosotros. Como cuando éramos chicos.

II.

A través de los libros de mi padre aprendía a conocer a los adultos por dentro. No eran los gigantes que pretendían creerse. Eran niños deformados por un cuerpo voluminoso. Eran vulnerables, criminales, patéticos y previsibles. Podía anticipar sus gestos; a los diez años era un mecánico del artefacto adulto. Sabía desmontarlo y volver a montarlo.

("Los peces no cierran los ojos" - Erri De Luca)



domingo, 24 de junio de 2012

Libre albedrío

En retrospectiva, las elecciones que uno hace tienden a presentarse como algo natural y hasta puede que revelen cierta coherencia. ¿Pero cómo fue, por ejemplo, que se hizo de River? 

Nunca fue fanático del fútbol, de chico lo jugaba muy mediocremente - no en vano llegarían a apodarlo el cacique -.

De sus escasas visitas a una cancha, mantiene un vago recuerdo de la primera de todas, un partido de la C, Liniers (el equipo de su barrio natal) contra Arsenal "de Sarandí", el tendría cinco años y lo había llevado su abuelo, en esos tiempos se podía.

Su abuelo español era de Vélez, la afición del abuelo italiano nunca llegó a conocerla. Y sus primos, uno de Vélez y otro de San Lorenzo. ¿Su padre? De la Academia, pero poco interesado por su suerte.

Un querido tío, socio y seguidor fiel de San Lorenzo, y el resto de los tíos, de Racing. Entre los familiares cercanos, ninguno de Boca, ninguno de River.

¡Ah! Sí, de River era su madre, pero lo era tan tenuemente que no cree que haya influido en él.

También recuerda que antes de empezar el colegio, cada vez que le preguntaban de qué cuadro sos le costaba realmente pensar una respuesta, no estaba ni enterado de que ese mundo de pasiones deportivas existiese.

Habrá sido por la insistencia de algún compañerito de la primaria que optó por la banda roja, aunque sus mejores amigos de entonces fuesen de San Lorenzo y de Boca. Luego, también por una cuestión barrial, fue socio de Ferro y hasta asistió un par de veces a la vieja tribuna de tablones.

Tuvo una vez un escudito que decía CARP y una foto autografiada de una gloria de la época. Pero no detecta ninguna razón fuerte para su decisión de identificarse con ese equipo. Sin embargo debe confesarse a sí mismo que este último año sufrió más de la cuenta. 

(Ahora se alegra como un niño de que la historia tenga nuevo comienzo.)

* * *

Señaló que aunque podamos pensar que somos libres de actuar como queremos,no podemos determinas qué es lo que queremos (y si deliberadamente "queremos querer" algo, está el problema habitual de regresión a un "querer" primario). En algún momento tus deseos tienen que ser sólo algo dado: el producto de la herencia y la educación. Por consiguiente, la idea de que alguien es el responsable verdadero y último de sus actos es insostenible; a lo sumo tenemos una responsabilidad transitoria y superficial, y hasta ésta, con el tiempo, revelará que es un error. G. bien podría haberme citado la conclusión de Einstein de que "un Ser dotado de una comprensión más profunda y una inteligencia más perfecta, al observar a los hombres y sus acciones, sonreiría ante la ilusión humana de que están actuando conforme a su libre albedrío".

("Nada que temer" - Julian Barnes)

miércoles, 13 de junio de 2012

Grados

Antes era menos riesgoso: papel y lapicera (u Olivetti) y a esperar que algo se nos ocurriese. Si dudábamos, al menos era una experiencia en soledad.

Las primeras computadoras lo complicaron: estar frente a ese artefacto susurrante sabiendo que miles de circuitos aguardaban una orden nuestra ya era algo que inquietaba de modo más profundo. Tan refinada tecnología, impotente frente a nuestra indecisión.

Finalmente, lo peor: la máquina en línea, conectada a una red inabarcable. Mails. Blogs. Sistemas automáticos que registran todos nuestros movimientos en el espacio virtual. Detrás, alguien anónimo que seguramente nos lee y nos juzga.

¿Y aun nos animamos a seguir escribiendo?


martes, 5 de junio de 2012

Trasunto

¿Existe alguna razón por la cual la copia perfecta de una obra de arte no pueda ejercer sobre el observador - cuando éste sabe que se trata de una réplica - el mismo efecto que la obra original? 

En el inicio de "Copia Certificada", película del iraní Abbas Kiarostami, se argumenta a favor de esta idea,  en contra de la preeminencia que suele atribuirse a lo original. Luego la trama deriva por otros caminos, menos evidentes, más incómodos para el espectador. A Kiarostami parece interesarle poco "entretener" al público, su estética es lo opuesto al paradigma hollywoodense, yo ya lo había sospechado con la honda aridez de "El sabor de las cerezas" (creo que aquella vez no hubo más de seis personas en la sala). 

En mi opinión "Copia..." está menos lograda que "El sabor...", las ideas resultan aquí más atractivas que su traducción al hecho artístico, tal vez sea por el modo de exponer, que parece un tanto distanciado y teatral, o por ciertos giros que no se comprenden sin esfuerzo. 

Críticas aparte, nunca resultará mal empleada una hora y media si en la pantalla está ella,  la maravillosa Juliette Binoche.




jueves, 31 de mayo de 2012

Pretérito imperfecto


En la reunión del grupo de amigos, alguien cita una frase que, parece, él le ha dicho al narrador años ha. Él no la recuerda pero esto no le sorprende demasiado, tan habitual como el olvido es que la memoria registre y conserve cosas aparentemente intrascendentes. 

(Por ejemplo, él está casi seguro de ser el único de ese grupo en recordar - incluso lo ve - el momento en que un estrafalario profesor de segundo año pronunció con énfasis cómico el nombre de un personaje histórico, Savonarola. ¿Qué habrá impulsado ese remoto día a su joven cerebro a considerar la particular pronunciación de un nombre como algo digno de ser guardado para toda la vida?)

Un poco más tarde en la misma reunión él evoca un hecho protagonizado por otro de los presentes. Él fue uno de los testigos privilegiados del hecho, sucedido hace tanto tiempo. Rato después, en soledad, salta la duda: ¿qué es lo que en verdad recuerda de ese asunto? ¿Realmente estuvo allí, lo vieron sus ojos o se lo contaron e imaginó todo? Ya no está seguro.

Recordar puede ser maravilloso; no lograr recordar a menudo nos preocupa.

Pero mucho más maravilloso y preocupante es tener recuerdos precisos de cosas que en verdad nunca sucedieron.

viernes, 25 de mayo de 2012

En alguna discusión, cuando el pulso se le aceleraba y las palabras le quemaban en la lengua, le sucedió más de una vez acabar oyéndose decir cosas que no quería decir. Lo raro es que la fatalidad no ocurría sin anunciarse antes: por unos instantes tenía una especie de aviso, una prefiguración del peligro, veía el abismo delante. Y sin embargo, como si el solo hecho de verlo ya anulara toda posibilidad de resistencia, acababa cayendo en él. ¿Destino?

Pronunciar palabras no deseadas era también experimentar extrañeza al comprobar la independencia entre conciencia y voluntad. Le corrió un escalofrío cuando se imaginó reducido a ser apenas un actor representando papeles escritos para otro. Un instrumento. Un repetidor. 

A su modo reinterpretó lo que algún sabio había afirmado (aunque intuía que ese sabio lo había dicho en un sentido mucho más profundo que el que él le daba ahora):  

No somos nosotros quienes nos expresamos mediante el lenguaje, sino el lenguaje el que se expresa a través de nosotros. 

viernes, 18 de mayo de 2012

Fischer-Dieskau, el mejor

Dietrich Fischer-Dieskau ha muerto hoy. Había nacido en 1925 y debutado en 1943, llevaba veinte años desde que su voz dejó de oirse en vivo. No obstante siguió hasta el final muy activo, como director de orquesta, como maestro de cantantes, pintando, recitando, escribiendo. 

Es casi lugar común de especialistas o de simples aficionados a la música vocal sostener que DFD fue el mejor intérprete de nuestra época en el repertorio clásico, en especial - pero no solamente - del lied, como se conoce a la canción romántica en alemán. 

Barítono, no fue tanto por la calidad de su voz que se distinguió sino por su enorme inteligencia para usarla, para decir los textos, darles sentido, ahondar  psicológicamente en ellos. Su excelencia fue fruto de lo que él consideraba la función más importante de un intérprete: construir con la audiencia un sentimiento común de amor por la música. También del constante estudio y perfeccionamiento a lo largo de seis décadas de carrera. 

Tuvo un repertorio extenso en autores y en estilos, más de 3000 obras de tres siglos; de todas consideró a Winterreise ("Viaje de Invierno", uno de los varios ciclos de poemas que musicalizó Franz Schubert) su desafío mayor, tan así lo sentía que lo grabó completo en siete ocasiones. Paralelamente encarnó con parejo éxito decenas de roles operísticos. Por fortuna para nosotros, abundan los registros grabados en disco y película. 

A muchos el arte de DFD nos ha educado el oído, nos ha enriquecido el paisaje de la sensibilidad, nos ha conmovido. Sin duda tres cosas para agradecerle.


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