Mi tía tenía un Wincofon, creo que aun lo conserva, y una muy buena discoteca. Así, a mis diez u once años, llegué a conocer obras sinfónicas, conciertos y óperas. Beethoven fue mi primer favorito entre los clásicos. La versión que tenía a mano de sus sinfonías tal vez no fuese la mejor, tampoco la calidad de reproducción del aparato, pero esos detalles no mermaron mi deslumbramiento. Mis oídos se abrìan a un mundo nuevo y fascinante.
Pasó el tiempo y mis gustos supieron apreciar otras estéticas, Beethoven dejó de ser dominante y dignamente se retiró a un segundo plano. Sin embargo, desde hace pocos años, vuelvo a descubrirlo, habiendo conocido ya a muchos otros, y me sorprende con mayor fuerza el carácter único de su arte. No sólo en las muchas e indiscutidas cumbres de su creación, sino en todo lo que intentó, en todas las vías que él inauguró y exploró.Y en particular me sigue maravillando una característica que veo acentuada en él. En muchos pasajes de sus obras pareciera que momentàneamente su convicción, su norte, vacilaran. Es entonces cuando se suceden las escalas, las modulaciones de tonos en aparente indecisión hasta que, casi como por casualidad, se encuentra la nota exacta, la continuación justa, a menudo acompañada de una explosión de intensidad, de júbilo por el afortunado hallazgo.
Como si el artista quisiera compartir con nosotros no sólo el fruto acabado de su trabajo, sino todo su esfuerzo, sus tentativas, sus vacilaciones. En lugar de abjurar de las dudas las redime, las abraza y las incluye, también a ellas, como parte inevitable de su obra.
El nombre de este blog está tomado del título de una cantata de LvB. Era, en aquel tiempo, una fórmula para desear buen viaje antes de una travesía en barco. No es malo repetirla, aun como metáfora, en estos años inciertos.
viernes, 21 de agosto de 2009
jueves, 13 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Tarde de invierno
Domingo de agosto, dos y media de la tarde. Salgo con plan de correr 30 km, parte de mi preparación para octubre, cada vez más próximo.
Un persistente viento me va empujando mientras me alejo de la ciudad. La ruta, casi desierta: perros que a veces ofrecen mansa compañía, esforzados ciclistas, esporádicamente algún auto.
Al trote voy dejando atrás los puntos de referencia del mapa mental acostumbrado: la primera loma, el puente de la circunvalación, el cruce de las vías (donde me detiene unos minutos el lento paso de un tren de carga, quizás el único del día), el cementerio privado, el árbol solitario en la banquina con ese pequeño santuario cuyo propósito ignoro, la prolija tranquera de entrada a una cabaña, las líneas de alta tensión, la segunda loma.
El trayecto atraviesa la vastedad de una pampa seca. Hace tiempo esa aridez me abrumaba, ahora es parte de mi. Aprendí a distinguir los detalles de su aparente monotonía; la familiaridad con escenarios frondosos, verdes, húmedos es hoy recuerdo lejano.
Un poco más allá de la escuelita rural, la alta antena que identifica el kilómetro quince marca mi punto de retorno. Adiós al avance fácil: el viento abandona su papel de aliado y se vuelve tenaz obstáculo. Mis piernas resisten, para mi satisfacción y sorpresa todavía un buen trecho, el ascenso de las cuestas. Luego el milagro acaba, la energía desaparece; sin reservas para mayor empresa, no me queda más que respirar hondo y caminar.
Una mujer detiene su pedaleo al pasar junto a mí. Sin preámbulo me pregunta cuánto he recorrido. Cruzamos pocas frases; satisfecha su curiosidad, prosigue. No encuentro a casi nadie más hasta la entrada del parque, muy cerca de casa.
En mi imaginación del momento, de la felicidad máxima sólo me separan la inmovilidad y una taza de café.
Un persistente viento me va empujando mientras me alejo de la ciudad. La ruta, casi desierta: perros que a veces ofrecen mansa compañía, esforzados ciclistas, esporádicamente algún auto.
Al trote voy dejando atrás los puntos de referencia del mapa mental acostumbrado: la primera loma, el puente de la circunvalación, el cruce de las vías (donde me detiene unos minutos el lento paso de un tren de carga, quizás el único del día), el cementerio privado, el árbol solitario en la banquina con ese pequeño santuario cuyo propósito ignoro, la prolija tranquera de entrada a una cabaña, las líneas de alta tensión, la segunda loma.
El trayecto atraviesa la vastedad de una pampa seca. Hace tiempo esa aridez me abrumaba, ahora es parte de mi. Aprendí a distinguir los detalles de su aparente monotonía; la familiaridad con escenarios frondosos, verdes, húmedos es hoy recuerdo lejano.
Un poco más allá de la escuelita rural, la alta antena que identifica el kilómetro quince marca mi punto de retorno. Adiós al avance fácil: el viento abandona su papel de aliado y se vuelve tenaz obstáculo. Mis piernas resisten, para mi satisfacción y sorpresa todavía un buen trecho, el ascenso de las cuestas. Luego el milagro acaba, la energía desaparece; sin reservas para mayor empresa, no me queda más que respirar hondo y caminar.
Una mujer detiene su pedaleo al pasar junto a mí. Sin preámbulo me pregunta cuánto he recorrido. Cruzamos pocas frases; satisfecha su curiosidad, prosigue. No encuentro a casi nadie más hasta la entrada del parque, muy cerca de casa.
En mi imaginación del momento, de la felicidad máxima sólo me separan la inmovilidad y una taza de café.
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